La alabanza cumple un papel evangelizador porque tiene la capacidad de romper barreras emocionales y espirituales. La música y la adoración sincera pueden sanar heridas, aliviar la ansiedad y derribar el escepticismo. Cuando una persona que aún no conoce a Cristo experimenta la paz que se manifiesta en un ambiente de adoración, se siente atraída por la fuente de esa paz.
Asimismo, la verdadera alabanza exalta a Jesucristo y dirige la atención hacia Su sacrificio redentor. Su propósito principal es glorificar a Dios y presentar el mensaje de salvación que transforma vidas. Una adoración centrada en Cristo se convierte en un vehículo eficaz para comunicar la gracia y el amor divinos.

La Biblia también muestra cómo la alabanza puede transformar circunstancias adversas. Un ejemplo de ello es el relato de Pablo y Silas, quienes adoraron a Dios mientras permanecían encarcelados y fueron testigos de Su poder. Este tipo de manifestaciones despierta el interés de quienes observan el testimonio de los creyentes y los lleva a reflexionar sobre la necesidad de salvación.
La verdadera adoración debe realizarse “en espíritu y en verdad”, involucrando tanto el corazón como la mente. Cuando la Iglesia alaba a Dios de esta manera, quienes aún no le conocen pueden contemplar el gozo, la paz y la transformación que produce Su presencia en la vida de los creyentes.

Como resultado, la alabanza se convierte en un medio eficaz para anunciar el mensaje de la Palabra de Dios. Así ocurrió en Chepén, donde la Obra del Movimiento Misionero Mundial realizó una confraternidad familiar que reunió a hermanos de diferentes congregaciones. En la actividad también participó el Rev. Oswaldo Gómez, oficial de la Obra, quien viajó desde Huánuco para acompañar esta jornada de bendición en el norte del país.
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